Bubangos al sol

27.10.06

Jane en su interior
Según Jane Goodall, los chimpancés son capaces de desarrollar herramientas sencillas y sistemas básicos de comunicación, como por ejemplo, indicar a otros chimpancés que necesitan que le rasquen en un lugar determinado de la espalda.
Pero lo que de verdad me fascina de esta afirmación es la propia Jane Goodall, que lleva más de 40 años sumergida en las selvas de Tanzanaria haciendo por la conservación de las especies algo más que un puñado de artículos revolucionarios de ciencia.
En este momento estoy viendo a Jane Goodall con 27 años observando a un chimpancé, y en otra imagen de la National Geographic, a Jane Goodall observando con la misma curiosidad a otro o al mismo chimpancé, solo que 35 años después. La imagen solo se diferencia en sus tonalidades de color. Las sensaciones de Jane permanecen inalterables. Su rostro, su brillo también. No me da tiempo a reparar en su pelo ahora blanco. Pero pueden imaginarlo rubio.
Cuando Jane Goodall observa a un chimpancé lo hace con una admiración genuina, como a quien se le ha revelado Billy Wilder, o quien contempla por vez primera la tierra desde la Luna. Personalmente creo que es porque en el fondo de su esencia, Jane Goodall sabe a ciencia cierta que ella misma es esencialmente un chimpancé. Esa revelación conforma su camino y la máxima representación de sí misma. Por eso su imagen me embelesa y cautiva todos y cada uno de mis sentidos; porque a través de la foto de la revista o de la imagen en la televisión, a Jane Goodall es posible tocarla y mirarla por dentro justo al punto exacto donde se manifiesta el ser transparente y puro que simplemente es.
En ella, el reflejo que queda a su paso, es el de un pequeño chimpancé.

23.10.06

El misterio del coche en el garaje

Guardo mi pequeño coche en un garaje donde otras personas guardan otros coches, no necesariamente pequeños. Veo siempre a los coches, pero nunca veo a las personas. El otro día sufrí un tremendo sobresalto. El Smart de la plaza llamada "Suárez 24" había desaparecido. Siempre había estado allí. Desde siempre sin duda.
Me pregunto si la persona que lo conduce tenía una vida tan organizada y ajustada a los transportes públicos como para no mover jamás al Smart. Tampoco es que sea un coche de autopista, y por tanto, tampoco era usado para largos viajes.
Concluí que debía de tratarse de una persona solitaria, o quizá egoísta (lo siento, en mi coche solo cabemos dos). No quise indagar más sobre las aristas del terrible acontecimiento que había podido desencadenar una desenlace tan violento: una ruptura emocional, un despido improcedente y el regreso a otra ciudad. O quizá, digámoslo claro, el fin de la utilidad del utilitario llegó con su venta premeditada.
Quizá el responsable empezó a salir con un/a ecologista. El smart blanco fue la primera víctima en ese supuesto.
Es probable que mis indagaciones estén demasiado inspiradas por la tragedia y el apego visual por aquel diminuto vehículo que nadaba desangelado en medio de aquella plaza ocupada en una cuarta parte, con su culo respingón y sus faros de perro San Bernardo. Espero que les vaya bien.
Ahora cada mañana sigo entrando en ese sótano lleno de sombras de gentes que jamás he visto, pero que es bastante probable que existan. Porque en eso consiste la vida en la gran ciudad. En mera teoría. En mera suposición.

19.10.06

La música y la vida

La música explota desde el alma y puede alcanzar cotas inexploradas que las palabras apenas alcanzan.
Todos estos músicos, poco a poco y a medida que la energía aumenta desde el interior, van dejando caer en el centro del pecho un mensaje infinito de belleza.

En este caso, el homenaje que Bruce Springsteen hace a las composiciones de Pete Seeger, el folkman de los que no tienen voz, proyecta una fuerza instintivamente básica de la comunidad universal de gentes que abrazan la vida como si fuera una gran fiesta.

22.9.06

El día que descubrí la muerte
Descubrí la muerte el día que Omayra Sánchez pereció bajo los lodos del volcán Nevado del Ruiz, en Colombia.
Era el año 1985, pero eso solo lo sé porque he buscado en internet.
He llevado siempre la cara de Omayra en la retina infantil que todavía conservo. La entrevistaban en la televisión: no la podían sacar del lodo de su propia casa, como tampoco podían sacar al país del lodo de sus tragedias.
Sé que se apellidaba Sánchez porque he buscado en internet. Puedo evocar no obstante la furia del volcán y la belleza del paisaje. Omayra, que tenía 12 años, utilizaba esa exquisita educación del usted de los colombianos para explicar los detalles de su propia muerte anunciada.
Sabía que se moriría, y preparó a todo el mundo para el momento con extrema delicadeza.Y fue entonces cuando descubrí la muerte en su máxima expresión de dignidad y consciencia: Yo, que había nacido también entre volcanes, perdía por primera vez a un ser querido; aunque este fuera virtual.
Cuando al cabo de los días me contaron que se murió, sentí una enorme contrariedad: la muerte tenía un rostro cuajado de hermosura caribe, una voz y palabras dulces. Descubrí que valía tanto como la vida misma, que se manifestaba con igual vehemencia y que volvería a encontrarme con ella a lo largo de todo el camino.

20.9.06

Veo doble
Vivo constantemente dos realidades. Una por fuera y otra por dentro. El mundo aparente, el exterior, y el mundo interior, el que circula dentro de mi cabeza. Siempre estoy sumida en ensoñaciones de todo tipo: fantasías, supuestos, creaciones... Afuera rebotan ecos de una minúscula porción.Ya cuando era pequeña esa dualidad existía. Se fue acentuando, hasta alcanzar su máxima expresión a los 8 años, cuando terminé por despreciar mi realidad externa para volcarme totalmente en el mundo interior, manejando desde dentro lo de fuera como quien maneja el mando del videojuego.Algunas porciones de la realidad exterior fueron interiorizadas. La realidad interior es tiránica, porque lo que no existe se crea y punto. A las 8 años ya daba más valor a la ficción literaria que a la realidad. Entre otras cosas porque la realidad era aburrida y coherente. Así que intercalaba la realidad con ficción a la carta. Llegué a creer que los lagartos de V rondaban la casa de mi abuela y que habían adoptado la disimulada forma de los desagradables vecinos de la finca de abajo.Me pasaba el día resolviendo misterios, como en Los Cinco (Enid Blyton) o en Puck (Lisbeth Werner). Monté una banda de rock. Yo era la batería, pero también me hacía cargo del resto de instrumentos sin que estuvieran allí. La batería era real. Después me inventé amigos y amantes, y con los años simplemente adapté los reales a los designios de mi imaginación. Eso tengo que decirlo en honor a estas dos verdades.

Esa dualidad permanece hoy en día y cada vez va a peor.
Aunque existe una tercera realida. Pero de eso no voy a dar detalles en un blog.

15.9.06

Historias prohibidas
Hace un tiempo, Salsa me prestó un libro, "Las historias prohibidas de Marta Veneranda" (Sonia Rivera Valdés, Nueva York, 2001). Leerlo fue como mirar a través de la mirilla de una puerta los detalles de un inmenso secreto. Eso sí, era una mirilla de objetivo telescópico, capaz de precisar las pasiones más desestabilizantes por puras y porque se presentan como confesiones de los propios protagonistas, completamente expuestos ante su propio desmantelamiento de códigos emocionales.Toda la gente que conozco tiene una historia prohibida que contar. No todos me la han contado, pero están latentes. Yo he contado varias veces las mías, a varias personas diferentes que a su vez puede ser que confesaran las suyas. Da placer saber que todos estamos rodeados de historias salvajes que nos desvinculan de la cotidianeidad y de la imagen construida. Cuando una historia prohibida se descorcha, la imaginación se llena de burbujas y los ojos de un brillo oscuro y sensual. Abres entonces tu propio libro de entrevistas, te conviertes en Marta Veneranda y empiezas a dar forma al increíble relato de la vida fielmente vivida.

14.9.06

Series
Soy rehén de series de televisión. Llevo unos añitos secretamente pegada a la caja o al DVD para ver perlas de pequeño cine comprimido como House, Mujeres Desesperadas, Perdidos, Queer as Folk y, sobre todo, A dos metros bajo tierra. Ocasionalmente he flirteado también con El Ala Oeste de la Casa Blanca, y me han recomendado echar un ojo a las sátiras de The Office y Padre de Familia. Pero tengo que dosificarme.

Siempre ha habido televisión, y series de culto. Pero solo evoco en la lejanía los ecos geniales de Doctor en Alaska o La Familia Monster. Nada comparable con la magnitud de las obras de la cadena HBO por ejemplo.
Hay quien ve las temporadas completas en sesiones plenipotenciaras, llenas de ritualidad y gozo poderoso. La ocasión lo merece.Pronto llegará a mis manos el desenlace final de A dos metros bajo tierra, para mí, la mejor de todas, por retratar con un brillo clarificador la vida misma, y la muerte misma, tan naturales como indisociables. Los guiones, prácticamente perfectos, la construcción de personajes y la infinita imaginación que envuelve las situaciones me hacen disfrutar hasta extremos insospechados.
Infinidad de veces apagas la tele para iniciar una interesante conversación. Otras veces, apagas una tórrida conversación para empezar un apasionante episodio.